Pensar

El pensamiento puede transformar la existencia. A partir de una vida examinada a través de la reflexión puede operarse una conversión.

Una finalidad de la sabiduría es llegar a cambiar la vida a través del pensamiento. Una clave de la existencia radica, pues, en el pensamiento.

Es preciso organizar las ideas para organizar la forma de vivir.

Pensar no es una actividad aislada sin relación directa con la vida diaria, sin consecuencias inmediatas sobre nuestros actos. Esta separación es artificial y perjudicial porque transforma la actividad intelectual en un juego estéril reservado a unos pocos expertos. Los antiguos no establecían ninguna ruptura entre vivir y pensar. La abstracción desencarnada radicalmente separada de toda dimensión existencial era ajena a los antiguos (incluso para los más contemplativos).

La teoría tiene siempre como perspectiva sus consecuencias sobre la vida. Una verdad sin efectos sobre la vida es ajena al pensamiento antiguo. Descubrir una verdad, tener una idea correcta tiene siempre un impacto sobre aquellos que lo consiguen.

Se trata, por tanto, de transformar la propia forma de vivir a través de un trabajo largo y constante sobre uno mismo, donde para este Cuidado de Sí, la tarea de pensar es fundamental, porque la vida se ordena según el pensamiento… Todo un tesoro de la filosofía antigua: la experiencia de pensar como manera de cambiar la existencia.

Excelencia

Cada vez más se asocia la palabra excelencia a temas académicos pero en su origen griego está el término «areté» un término lleno de matices que empezó significando fuerza, destreza, valentía, sagacidad y habilidades asociadas al valor heroico, luego acabó  relacionándose con las cualidades morales o espirituales que definen a la persona; y posteriormente debido a la influencia de Aristóteles terminó por traducirse como virtud.

El término griego «areté» procede de «agathós» (bueno), que a su vez procede de «aga» (lo mejor) y se apoya en la partícula «ari-» indicadora de una idea de excelencia.

Por tanto, significa originariamente «excelencia o perfección de las personas o las cosas», está  relacionado con la búsqueda de la perfección de uno mismo y se puede traducir por excelencia humana. (además, la «areté» incluía heroísmo, una capacidad para emprender tareas arduas, con ánimo grande y con fortaleza en los padecimientos)

Por otra parte, todo tiene su fin («télos») y a ese fin al que tiende cada cosa los griegos le llamaban el bien. De manera que la excelencia nos remite a una búsqueda y desempeño del bien como el mejor y con fortaleza.

Todos estos conceptos que calificaban la vida de los griegos, nos hablan de una sociedad donde destaca el que busca ser el mejor buscando el bien de manera virtuosa. Ojalá volvamos a esta excelencia más humana y no tan académica.

Cuidado de sí

El  “cuidado del alma” es uno de los fundamentos del arte de vivir. "Cuidar de uno mismo", “aplicarse a uno mismo”,  es un tema antiguo en la cultura griega que apareció pronto como un imperativo difundido entre doctri­nas diferentes.

Sócrates consagró el tema y la filosofía posterior lo situó en el corazón de ese "arte de la existencia":
 
"Mi buen amigo, …, no te avergüenzas de preocuparte de cómo tendrás las mayores riquezas y la mayor fama y los mayores honores, y, en cambio no te preocupas ni te interesas por la inteligencia, la verdad y por cómo tu alma va a ser lo mejor posible?" Platón, Apología de Sócrates, 29c-30c.

Son múltiples las razones que nos ofrecen los clásicos grecolatinos para cuidar el alma: es camino de felicidad, es parte de un perfeccionamiento al que estamos llamados, es asemejable al cuidado del cuerpo (ejercicio y salud), es un precepto ("aquellos que quieran salvarse deben vivir cuidándose sin cesar", Zenón) y es un privilegio-deber, don-obligación (el hombre debe velar por sí mismo porque dios ha querido que pueda usar libremente de sí mismo y para ese fin lo ha dotado de razón: nos ha sido dada la posibilidad y el deber de ocupamos de nosotros mismos)

"Todos los hombres tienen el deseo de llevar la mejor vida y saben que no hay otro órgano de la vida sino el alma ... ; sin embargo no la cultivan y no obstante quien ... quiere ser ágil en la ca­rrera cuida los pies que sirven para la carrera ...  Eso todos los hombres lo ven claramente y sin dificultad; de modo que no me canso de preguntar con asombro por qué no perfeccionan también su alma con la ayuda de la razón”  Apuleyo, Del dios de Sócrates, XXXI, 167-168.

Todos estamos llamados al "cultivo de si" y este celo no está reservado a los filósofos. Es un principio válido para todos, todo el tiempo y durante toda la vida como nos indica Apuleyo que afirma se puede sin vergüenza ni deshonra ignorar las reglas que permiten pintar y tocar la cítara; pero saber "perfeccionar la propia alma con ayuda de la razón" es una regla "igualmente necesaria para to­dos los hombres".

Y no hay edad para empezar ocuparse de uno mismo y nunca es tarde como nos recuerda Epicuro:

"Que nadie, siendo jo­ven, tarde en filosofar, ni siendo viejo se canse de la filosofía. Pues no es para nadie ni demasiado pronto ni demasiado tarde para asegurar la salud del alma". "No es nunca ni demasiado pronto ni demasiado tarde para ocuparse de la propia alma" 

"Aquel que dice que el tiempo de filosofar no ha llegado todavía o que ha pasado ya es semejante a aquel que dice que el tiempo de la felicidad no ha llegado todavía o que ya no existe. De tal suerte que deben filo­sofar el joven y el viejo, éste para que al envejecer sea joven en bienes…, aquél para que, siendo joven, sea al mismo tiempo un anciano por su ausencia de temor al porvenir". Epicuro, Carta a Meneceo, 122

En definitiva, aprender a vivir es una tarea para toda la vida que pasa por un ejercicio permanente de cuidado de sí que es bueno empezar pronto e importante no abandonar.

El Arte de Vivir

¿Se puede aprender a vivir? ¿Es posible educar en el arte de vivir?¿Podemos hablar de una vida realizada? La respuesta es si. Y así lo entienden una serie de pensadores que en las últimas décadas se están posicionando con propuestas interesantes.

Por ejemplo, Pierre Hadot que desde los años 60 rescata la figura del filósofo como aquel que desde los comienzos de la sabiduría antigua hace de su vida un ejemplo de vida. Para Hadot, la educación en valores de la paideia griega tenía como propósito educar en la virtud, la voluntad y la sabiduría mediante la práctica del cultivo de sí, a efecto de prevenir y curar las enfermedades del alma, y propiciar transformaciones buenas para uno mismo y para la sociedad. De esta manera nos presenta la Antigüedad como una reserva de experiencias humanas, ejercicios espirituales, reglas de vida y métodos de reflexión.

Y en este marco y tras la senda de Hadot se han ido sucediendo una serie de filósofos que revisitando a pensadores como Epícteto, Séneca, Sócrates, Platón, Marco Aurelio, Montaigne, Goethe e incluso Wittgenstein, ofrecen planteamientos relacionados con la moral, la ética y la educación en virtudes, elaborando propuestas sobre el “arte de vivir” o la consecución de una “vida realizada”.

La conclusión a la cual se llega es que es un posible un "arte de vivir" y el encuentro con las humanidades antiguas puede ser un buen comienzo: retomar experiencias de vida y de pensamiento, centrales para griegos y romanos (algunas de ellas asimiladas por el cristianismo) en las que todos podamos inspirarnos y buscar en los maestros antiguos reglas de vida y pensamiento.

Mitología y lecciones de vida


La mitología griega, considerada como uno de los primeros pasos hacia una racionalidad sistematizada, nos suministra mensajes de una profundidad sorprendente: el orden en el universo, la existencia de un lugar natural en ese orden, la vida en armonía como la adecuación a ese orden, la búsqueda de ese lugar que cada cual debe emprender y el premio alcanzado de la sabiduría y la serenidad. De esta manera, la mitología se presenta como un dispositivo teológico y cosmológico sofisticado, para entre otros aspectos, dar sentido al universo y comprender que se hace en esta tierra y tratar de fijar el sentido de nuestra existencia. En estos relatos subyace una vida lograda en un universo ordenado, armonioso y justo en cuyo seno se nos incita a encontrar nuestra senda.

Orden. Según lo visto, la premisa es un universo ordenado. Por ello, la mitología comienza por una narración de los orígenes del cosmos que se nos presenta como una victoria de las fuerzas del orden contra las del desorden (pues en este cosmos, en el seno de ese orden, es donde va a ser necesario que encontremos, cada uno a su manera, nuestro lugar para alcanzar la vida buena).

De esta manera, asistimos en estos relatos a guerras donde lo que está en juego está muy claro: se trata de evitar que el caos, el desorden absoluto, prevalezca sobre la posibilidad del orden, sobre el surgimiento de un verdadero cosmos. Y efectivamente, los dioses olímpicos lograrán la victoria: el cosmos, el universo ordenado y equilibrado es instaurado. Las fuerzas del desorden y del caos son sometidas, destruidas o desterradas y encadenadas en lo más recóndito y profundo de la tierra.

Vida en armonía. A continuación, se nos muestra que en ese orden cósmico cada uno de nosotros posee su sitio, su «lugar natural». Desde ese punto de vista, la justicia y la sabiduría consisten fundamentalmente en el esfuerzo que hacemos para acoplarnos en él. Hasta tal punto que la vida en armonía con el orden del mundo, es preferible a cualquier otra forma de existencia

Así, la justicia (en griego diké) entendida en primer lugar como “rectitud”, se definirá como una conformidad con el mundo organizado y será la virtud más grande. Y en este contexto, en el templo de Delfos nos encontramos con uno de los lemas más celebres de la cultura griega: «Conócete a ti mismo». Pero la frase no significa, como a veces se cree, que se deba practicar lo que se llama la introspección. El significado es otro: la expresión quiere decir que se deben conocer los límites. Saber quién es uno es conocer el propio «lugar natural» en el orden cósmico. El lema nos invita a encontrar ese lugar exacto en el seno de este orden y sobre todo a quedarnos, a no pecar nunca de arrogancia y desmesura (hybris como veremos a continuación).

Hybris. Pues bien, si la edificación del orden cósmico es la conquista más preciada, la falta más grave que se puede cometer a los ojos de los griegos, y de la que la mitología no deja en el fondo de hablarnos, es, esa desmesura orgullosa que empuja a los seres, tanto mortales como inmortales, a no saber quedarse en su sitio en el seno del universo.

A la sabiduría de una vida en armonía, una vida acorde con el orden del universo, los griegos oponen la hybris, la desmesura de las vidas que se eligen la hostilidad al orden. Arrogancia, insolencia, orgullo y desmesura son diversas traducciones que todas ellas hablan de un aspecto de esta hybris, de este pecado contra el orden cósmico. Y, ¿qué les ocurre a los que no se conforman, y que por orgullo, por arrogancia y desmesura, por hybris, se rebelan contra el orden cósmico? Muchos problemas. Son las historias de Asclepio, Sísifo, Midas, Tántalo, Ícaro y tantos otros que dan testimonio de ello

En definitiva, tenemos una hermosa lección resumida en el célebre «conócete a ti mismo» que nos sugiere un «entérate donde está tu sitio, tu lugar natural, y quédate en él, sin hybris, sin arrogancia ni desmesura que vengan a perturbar el orden». Nos encontramos con un envite fundamental, el comprender por qué estamos aquí y lo que vamos a poder hacer en este mundo divino y ordenado, sabiendo que nuestra existencia mortal no dispone más que de un tiempo muy breve que va a ser necesario ocupar lo mejor que podamos.

Razón. Poesía. Verdad

La razón es sólo un modo de decir. Es sólo un lenguaje. Sólo un tipo de comunicación. Pero hay muchos otros lenguajes y comunicaciones. La razón no es el único lenguaje ni el más importante.

Parece que fuera de la razón sólo cabe el silencio. Pero fuera de la razón caben muchos otros lenguajes, muchas otras lógicas. Más allá de la razón no está la irracionalidad. Existen mundos perfectamente articulados que no pueden ser calificados como irracionales. Salir de la razón es compatible con seguir diciendo multitud de cosas.

El símbolo de la razón es la ciencia, y por eso hay quien supone que fuera de la ciencia no hay más que irracionalidad, capricho, azar, arbitrariedad, caos. Pero no, la ciencia es una pequeña parcela de la comunicación con unos rasgos propios que la distinguen de otros lenguajes.

Por otra parte, la verdad ha sido secuestrada por la razón durante milenios. Y sin embargo, la verdad es patrimonio del lenguaje, y no sólo de la razón. Hay verdad en el arte, en el amor, en la violencia, en la fiesta, en el canto y en la queja, en la risa y en el recuerdo. No todo hablar es un diálogo científico, y en otros lenguajes y sus conversaciones también habita la verdad.

Las razones son expresión de la verdad. Son expresión, pero no la verdad. Hay otros muchos modos de expresar la verdad. Las razones son la expresión de la realidad, pero no la realidad misma. Las razones son medio habitual de expresión, valen para decir el mundo, pero no vale ponerlas como primeras, únicas y exclusivas.

Es preciso redescubrir la verdad de los colores, de los sonidos, del amor… en otros lenguajes distintos a los de la razón porque ni los números, ni las leyes físicas o químicas expresan la totalidad del universo. El hombre es más que todos los tratados de antropología, psicología o biología juntos.

Un exhaustivo tratado científico acerca del amor no agota la verdad del amor. Si no, que se lo digan al poeta. El poeta dice también la verdad del amor y no pretende decir razones. En el corazón de la poesía está el simple afán de decir la verdad.

La cultura necesaria

Cuantos más valores culturales, morales y espirituales poseemos más nos afianzamos en aquello que creemos porque nos permite conocer el verdadero ser de la persona, su proyecto vital, su desarrollo y sus limitaciones desde múltiples perspectivas.


Por el contrario, cuanto menos disponemos de una vida interior rica en el plano moral, cultural y espiritual, más estamos expuestos a envites que nos desvíen o nos hagan perder el rumbo.


Por tanto, la Cultura con mayúsculas no puede considerarse secundaria o accesoria. Es un pilar necesario en nuestra vida interior.


De esta manera, en el plano educativo, la Cultura ayuda a resistir a las presiones y influencias que imponen nuestra sociedad, y a liberarse y distanciarse de éstas. Por ello, es esencial, tal vez incluso vital, dotar a nuestros hijos lo antes posible de los elementos de una vida interior rica, profunda y duradera. Y para eso es necesario permanecer fiel al principio fundamental que acabo de mencionar: cuantos más valores culturales, morales y espirituales posea una persona, mejor...